martes, 11 de agosto de 2015

¿Por qué escribo?

Muchas me han preguntado eso.

Hace mucho tiempo, en mi último año de escuela, apareció una persona muy importante en mi vida. Alguien que, sin importar lo que le dijera, siempre se veía sumido en una fuerte burbuja de tristeza, la que lograría conmoverme. Contrario a él, también había otra persona que siempre sonreía, pero yo sabía que cargaba con el mismo peso.

Ellos dos eran mis amigos, aunque con el segundo no hablábamos tanto.

Sin embargo, yo siempre carecía de las palabras necesarias para alcanzarles. Era como si mi mente no conectara con mis emociones, tan lineal como una persona monocromática puede serlo.

Un día simplemente les perdí. Desde eso, pensaba que si no podían escucharme, quizás podrían leerme. Escribiría directo para el corazón (o el núcleo dorsomediano del tálamo en su defecto, pero "corazón" suena mejor).

Empecé a escribir, y como toda persona que empieza, lo hacía mal. Sé que no era pésimo, al menos podía decir que tenía buena ortografía. Pero solo eso, buena ortografía. Me di cuenta de que no podía escribir del mundo porque no lo conocía, mi realidad estaba limitada a solamente una amiga. Tenía muchos libros, leía bastante, pero... esa era la percepción prestada de otras mentes, de otras personas. Yo no tenía una propia.

Empecé a conocer más gente, todos diferentes, complejos, únicos. Aprendí a nunca juzgar a una persona, aprendí a leerlos, aprendí de ellos muchas de las palabras que me faltaron antes.

De nuevo, escribía. Tenía ansias de expresarme, de decirle a esos chicos de mi pasado, de forma desesperada, que todo estaba bien.

Quería decirles cuánto me importaban.

Empecé, historias ficticias, historias raras, historias que rayaban en lo absurdo quizás. Historias que se hundían en lo profundo de una mente. Y luego, no escribía solo las historias, no leía solo la ficción. Empecé a escribir personas, a leerlas.

Llegaron lectoras, se hicieron amigas entrañables. Viajé, conocí a algunas, me recibieron con cariño, salimos a caminar, nos reímos, nos contamos secretos. Una de ellas me recibió en casa como su familia.

Sus agradecimientos eran representaciones de que ellas también querían a alguien, de que esperaban a una persona, de que tenían el deseo de encontrarse de nuevo con ese a quien no pudieron regalarle palabras.

Sus halagos eran un vistazo a mi pasado, un "sabemos que fue por ellos". Gracias, gracias de verdad.

Sus críticas eran simples apatías. No me importaba, nunca escribí para los críticos. Tampoco en pos de fama.

Escribí para ellos dos.

Del corazón se puede huir, de la mente, nunca.

Al fin, logré al menos alegrar a uno de ellos. Ahora quiero que sepa cuánto le quiero, cuánto me importa y lo mucho que me anima saber que respira, que vive, que sonríe.

Tomando en cuenta lo mencionado, la gente que vino y se fue...

Me preguntan si pienso dejar de escribir.

Repasemos lo anterior.

Mi respuesta es:

NI DE COÑA :D

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